¡Por
fín se vislumbra una solución pacífica y humanitaria para el conflicto de
Siria! ¡Rusia comenzó a bombardear!
Indudablemente
esta fecunda iniciativa tiene aspectos muy interesantes y podría llevar a la
paz a breve plazo. O no. Pero sí plantea una nueva variante en un conflicto que
parecía estancarse.
Es
cierto que la intervención del ejército ruso podría causar algunas víctimas
inocentes junto a otras numerosas culpables. Pero como a esta altura del
conflicto esta distinción es más bien borrosa, parece no importarle demasiado a
ningún gobierno.
Por
otra parte, la opinión pública mundial no suele preocuparse en general por los muertos de fabricación rusa. Además hay
razones humanitarias muy poderosas: Rusia desea conservar a toda costa su base
militar en Tartus, y si ello debe ser pagado con más sangre siria, Vladimir
Putin está dispuesto a aceptar que su pueblo haga ese sacrificio.
Obviamente
la intervención rusa ha sido recibida en el mundo con amistosa cautela. Después
de todo, aún una Rusia venida a menos es una potencia importante y su
capitalismo salvaje – y discretamente mafioso – es mirado con bondadosa
indulgencia por los nostálgicos de la revolución mundial.
Lo
mismo es válido para el otro exitoso promotor de la muerte en Siria, en Irak y
los alrededores: el régimen teocrático iraní. ¿Quién sino el régimen iraní
promovió la revolución islámica que le permitió deglutir civilizadamente
Líbano? ¿Quién sino el ejecutivo de Teherán apuntaló al régimen de Bashar
al-Assad facilitándole la noble tarea de llevar al otro mundo a gran parte de
su pueblo y de ahuyentar al resto? ¿Quién sino el Irán trata de unir a todo el
mundo musulmán en torno a la sagrada misión de destruir al Estado judío
imitando la gesta de la Alemania de Hitler entre 1939 y 1945 tan admirada en
entorno árabe? Eso sí, debe luchar contra la competencia, una organización
sunnita llamada Estado Islámico, que se especializa en separar cuerpos de
cabezas con singular virtuosismo y que por ahora limita sus ambiciones a
conquistar todo Oriente Medio dejando al resto del planeta para más tarde.
En
contraste con la ligera molestia que producen los inconvenientes causados por
la guerra santa del Estado Islámico, las hazañas de los muy religiosos
gobernantes de Irán, incluyendo ahorcamientos de disidentes, son contempladas
con silencioso respeto por el mundo que está muy orgulloso del acuerdo sobre el
proyecto nuclear que podría permitir la clase de desarreglos con los que el
Líder Supremo (o en su versión alemana, el Fhürer) espera llevar a cabo su
modesto propósito de imponer el islam en todo el mundo (eso sí, en su versión
chiíta).
Nada
de eso preocupa demasiado a los profesionales de la indignación en el mundo. No
hay manifestaciones contra los beneméritos promotores de la muerte y sus
queridos aliados, ni existe molestia alguna porque la Iglesia Ortodoxa Rusa
haya bendecido las bombas rusas (que como advirtió tímidamente una madre siria,
también matan a niños sirios). Todo el mundo se ha olvidado prudentemente de
los niños muertos por los barriles incendiarios arrojados por la aviación de
Bashar al-Assad, incluyendo por supuesto a los intelectuales comprometidos, que
están sumamente ocupados en la contemplación lírica del propio ombligo.
En
cambio, en contraste con esta frenética inactividad, los palestinos, que están
indignados por haber sido olvidados por el mundo, han comenzado a matar civiles
israelíes. Y esta vez han asumido protagonismo los activistas autoconsiderados
«pacifistas» de Al Fatah, enemigos jurados de su nada pacífico competidor,
Hamás.
En
una singular muestra de sus buenas intenciones, destinada a demostrar que se
sienten consubstanciados con la piadosa doctrina islamista de que el más
violento siempre tiene razón, han apoyado la valiente campaña de jóvenes
palestinos armados contra familias israelíes desarmadas.
En
este sencillísimo panorama, no faltan quienes desean solucionar el problema
palestino precisamente ahora, o sea lo antes posible. Consideran que es el
momento ideal ya que existe el clima adecuado. Por supuesto, todo el mundo
musulmán, y particularmente Europa y el presidente Obama comparten esta loable
inquietud. Naturalmente, todos saben que a pesar de las banderas palestinas
bendecidas por las Naciones Unidas y el Vaticano, ni bien se proclame el Estado
palestino, Hamás y Al Fatah van a matarse cordialmente entre ellos como
hicieron provechosamente en Gaza en 2007.
Pero
como dijo un anónimo diplomático europeo, representante dilecto del mundo
islamizante: «Lo que el mundo necesita en estos momentos es precisamente otra
guerra entre musulmanes, de las cuales existe una preocupante escasez. Una
guerra entre palestinos podría llenar adecuadamente ese vacío».